
En pleno centro de Valencia se encuentra este oasis de calma. Una vivienda que permite disfrutar de uno de los grandes privilegios de la ciudad: recorrer sus calles, descubrir sus rincones y llegar caminando a cualquier lugar. Y cuando la energía urbana se detiene, regresar a casa y encontrar un refugio donde descansar y recargar pilas.
Uno de los grandes valores de esta vivienda es la relación entre la zona social y un pequeño patio exterior que amplía visualmente el espacio y permite disfrutar de las tardes de verano y de los encuentros en buena compañía. La cocina, el comedor, la sala de estar y el patio conviven como un único conjunto, creando un ambiente abierto y acogedor que invita a compartir, celebrar y disfrutar del día a día.
Para conseguirlo fue necesario replantear completamente la distribución original. La cocina, anteriormente pequeña y cerrada, se abrió al resto de la vivienda, generando un espacio mucho más amplio, luminoso y conectado con la vida cotidiana de sus habitantes.
Durante la obra descubrimos varios pilares de hormigón ocultos que decidimos mantener vistos. Su presencia aporta carácter al conjunto y nos habla de la estructura que sostiene el edificio, incorporando un sutil lenguaje industrial que convive con la calidez de los materiales y los tonos neutros.
Como sucede en muchos proyectos urbanos, cada metro cuadrado cuenta. Por ello aprovechamos el pasillo para diseñar una librería a medida que aporta almacenaje y utilidad sin renunciar a la sensación de amplitud. Una forma de entender el diseño en la que cada rincón tiene una función y cada decisión busca mejorar la manera de habitar el espacio.
El resultado es un lienzo sereno y atemporal donde conviven la frescura, la funcionalidad y la personalidad de quienes lo habitan. Un hogar pensado para vivir la ciudad intensamente, sin renunciar a la calma cuando llega el momento de volver a casa.














